Ana María Villate
“Desde finales de los años setenta he tenido una gran preocupación por los asuntos de violencia, las injusticias sociales, la represión política, los problemas ecológicos y el rol de la mujer en relación con sus funciones y el significado simbólico del cuerpo femenino. Ser artista mujer me ha permitido interactuar y crear un diálogo entre mi cuerpo femenino y los problemas sociopolíticos, ecológicos y psicológicos.
Mi cuerpo, en el performance y la instalación, ha sido mi herramienta de comunicación, reflexión y vehículo contestatario y liberador. A través de él, convoco a la audiencia a sacudirse de las conductas impuestas que nos conducen, como seres inertes y temerosos, a obedecer modelos establecidos por los centros de poder.
Mi obra está cargada de elementos orgánicos, elementos de la naturaleza y acciones que involucran mi propio cuerpo.
Habiendo vivido y crecido en una Colombia convulsionada y en una Latinoamérica reprimida, mi cuerpo ha sido el vehículo para proyectar aquello que siento y me concierne. Una de las constantes que he mantenido dentro de mi concepción del arte es hacer visible lo invisible, resaltando acontecimientos feministas, sociopolíticos y ecológicos que suelen permanecer ocultos o ser minimizados en su momento.”
El corazón se rompe cuando deja de lado su peso
El corazón, órgano que da al cuerpo el impulso vital, es utilizado en diversas retóricas que intentan explicar el amor como el lugar donde este se desarrolla. La reconocida frase “me rompieron el corazón” denota el dolor que se siente ante un fracaso amoroso.
El corazón se rompe cuando deja de lado su peso propone una nueva lectura del concepto de amor heredado de El Banquete de Platón, donde se describe al ser humano como un ser incompleto que vaga por el mundo en busca de su otra mitad. En este caso, la obra busca desmitificar el amor como estado ideal, haciendo énfasis en el peso que este ejerce sobre quienes están inmersos en una relación amorosa.
La cultura occidental plantea el amor como una condición deseable y plena, sin tener en cuenta las múltiples negociaciones que hacen posible una relación. Sin darnos cuenta —e incluso deseándolo— cargamos la historia del otro y, con cuidado, la incorporamos a la propia, dejando atrás hábitos que nos complacen y adquiriendo otros nuevos, quizá menos gratificantes, pero necesarios para la convivencia.
La obra pone en primer plano la ausencia de amor como un posible campo de liberación, una posibilidad que, sin embargo, resulta difícil de asumir debido a la creencia de que necesitamos el peso del amor para otorgar sentido a nuestras vidas.

