Dioscórides Pérez
Dioscórides Pérez (Pereira) estudió en la Sociedad de Amigos del Arte, el Instituto de Bellas Artes de la Universidad Tecnológica y la Universidad Nacional. Realizó un posgrado en la Academia Central de Artes de China. Desde 1978 es profesor titular de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia.
Su obra en dibujo, grabado, performance y escritura ha sido reconocida con diversas menciones y premios. Entre ellos se destacan el Primer Premio en la Bienal de Grabado de San Juan (Puerto Rico), el Primer Premio de Dibujo de la Q.C.C. Art Gallery de Nueva York, el Primer Premio de Performance de la Ciudad de Bogotá y el Primer Premio en Crónica de la revista Número.
Ha publicado cuatro libros. Su producción en grabado y dibujo ha sido presentada en numerosas exposiciones colectivas e individuales en salones, galerías y museos de Colombia y del exterior.

La anaconda de los seis estómagos
2026
Land art y performance
© Casa Hoffmann 2026
La anaconda de los seis estómagos
La tarde del Domingo de Resurrección, en la Montaña Negra de Pereira, preparé pinceles para un ritual caligráfico: dibujar sobre seda una anaconda de seis estómagos, un llamado a la recuperación del valor de los mitos indígenas, señalando el cambio climático y las aguas.
En la cabeza y el cuello puse la energía cósmica; en el pecho, los dioses y los espíritus; luego está la maloca, los hombres y sus ancestros; después, todos los animales, de pelo, pluma y escama; siguen las semillas y las plantas; finalmente, están los signos y los símbolos. Los trazos están hechos como caligrafía automática, que sucede, en empatía y simbiosis, con los signos del arte rupestre y los ideogramas chinos. Se trata de una meditación donde la serpiente es la huella de mi aliento.
La anaconda representa la energía acuática que baja del cielo; es la lluvia, la cascada, el lago, el río, el mar. Duerme en la nube, anida en el pozo, en el manantial y en la sed de hombres y bestias. Aquí, en mi casa, la cascada está cerca; se escucha su caída, que celebran cada día los monos aulladores y los pájaros. Hace sol, pero la nube, el río aéreo, ya empieza a formarse en el cielo.
Según cuenta Aby Warburg en su Ritual de la serpiente, los indios hopi cazan serpientes cascabel en el desierto, las meten en una habitación que representa el cosmos, las bañan con agua de yerbas y, en una peligrosa danza, se las meten en la boca. Después las liberan para que ellas inviten al espíritu de la lluvia a caer sobre sus tierras sedientas. Hoy, mi serpiente atrajo el aguacero, que cayó repentinamente sobre la montaña, encima del dibujo, y mojó la seda y al pájaro azul.
Es lunes, continúo dibujando, siempre bajo la máscara amazónica de balso y yanchama. Porto sobre mi brazo izquierdo una tercera mano-prótesis y en ella tres serpientes de madera. Me rodean círculos rupestres con gráficos y cantos chamánicos. Al atardecer, la llevo al laberinto de bambú, donde hay un nido acuático que habita otra serpiente. La humedezco con yerbas, la acompaño con el jaguar y un tótem fálico, y dejo allí su espíritu durante la noche. Es martes, la traigo volando a Bogotá, donde froto su cuerpo de seda sobre placas de metal con grabados en relieve, para convertirla en un palimpsesto. Luego, la baño en café, cúrcuma y tinta sangre.
Esta vez la anaconda no irá al río, como las otras 35, que han sido dibujadas in situ y arrojadas a las cuencas, cuyo fin es crear conciencia para sanar las aguas de la contaminación causada por las ciudades, las fábricas y la minería; por los muertos arrojados por la violencia; aliviar la selva y el bosque del robo de la biodiversidad y la tala; y proteger las comunidades que la habitan y la cuidan.

