El Sindicato

En la década de los setenta, un grupo de estudiantes de la Facultad de Bellas Artes de Barranquilla, inspirado por ideales de fraternidad, amor y paz, exploró expresiones y técnicas innovadoras que se apartaban de las prácticas convencionales del arte conservador. Constituyeron una fraternidad de investigación artística que cuestionó la noción individualista del creador y se orientó hacia el uso de materiales de desecho, elementos extraartísticos y recursos no convencionales, privilegiando los procesos conceptuales por encima de los aspectos formales de la obra.

Liberados de las enseñanzas académicas tradicionales, en 1973 comenzaron a reunirse en la residencia-taller de Carlos Restrepo, una edificación de 1926 cedida por Carlos Casas Quirós, donde anteriormente había funcionado el Sindicato de Marítimos Fluviales de Barranquilla. En ese espacio, que conjugaba hogar y taller, se vincularon artistas como Alberto del Castillo, Luis Stand (Q. E. P. D.) y Antonio Arrieta B. (Q. E. P. D.). Tras desmontar el techo de zinc y adecuar el lugar para el trabajo colectivo, inició la producción artística de El Sindicato.

En 1980 presentaron Obras Individuales de El Sindicato. Posteriormente realizaron las exposiciones OH-MENAJE (2008) e Inundación (2011). En 2023, el Banco de la República adquirió las obras Hojarasca y Barricada para la colección del Museo de Arte Miguel Urrutia (MAMU). En ARTBO 2024 participaron en la sección Referentes del Arte Colombiano y, en 2025, realizaron la charla Radicalidad y conceptualismo caribeño y el lanzamiento de Alacena con zapatos.


Alacena con zapatos

1976
Serigrafía

© Casa Hoffmann 2026

Alacena con zapatos

Alacena con zapatos obtuvo el primer premio en el XXVII Salón Nacional de Artistas de 1978. La obra, una especie de organismo monstruoso y repelente, fue interpretada por muchos como un insulto, una burla o una afrenta al “verdadero” arte nacional.

En un giro que amplificó su propia significación, y que ni siquiera los artistas habían previsto, Alacena con zapatos no siguió el destino habitual de las obras premiadas ni ingresó de forma permanente al circuito museal. Su progresivo olor nauseabundo invadió la atmósfera del museo y, ante el temor de que afectara las demás piezas, fue retirada y devuelta a la realidad de la vida cotidiana: a las calles de un país atravesado por múltiples desigualdades.

Todo ello ocurrió después de desencadenar una de las polémicas más intensas en la historia del arte y la cultura colombiana, redefiniendo los límites de lo que hasta entonces podía ser concebido como arte.